El Varela se ha convertido en una segunda casa

Por:  Consejo Editorial, .
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Eminentísimo Cardenal Jaime Lucas Ortega Alamino, arzobispo emérito de la Arquidiócesis de La Habana;
Excelentísimo Monseñor Ángelo Beccio, sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, y muy cercano colaborador de Su Santidad el papa Francisco;
Excelentísimo Monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez, arzobispo de La Habana, y Gran Canciller del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela;
Excelentísimo Monseñor Giorgio Lingua, Nuncio Apostólico de Su Santidad en Cuba; Presbítero Licenciado Yosvany Carvajal Sureda, Director del Instituto;
Profesores del Instituto;
Trabajadores del Centro;
Estudiantes;
Distinguidos invitados:
Buenas tardes a todos. Agradezco la amable invitación de las autoridades del Instituto a participar en esta ceremonia en representación de los estudiantes.
El 20 de octubre de 1868 las tropas cubanas, al mando de Carlos Manuel de Céspedes, tomaron la ciudad de Bayamo. El pueblo reunido en la plaza coreó eufórico por primera vez las estrofas del Himno de Bayamo, el mismo que después sería consagrado por la historia como nuestro Himno Nacional.
Exactamente 148 años después, y teniendo como trasfondo as celebraciones con motivo del Día de la Cultura Cubana, estamos reunidos aquí para celebrar la primera graduación del Bachillerato en Humanidades del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela. En estos momentos nos embargan sentimientos contradictorios. Por un lado, la nostalgia por los años pasados y por aquellos que ya no están con nosotros; por otro, satisfacción ante los logros alcanzados. Alegría ante todo, naturalmente, por el título que vamos a recibir, pero también expectativa ante los nuevos retos que el tiempo por venir nos presenta. No es el título en sí, es lo que significa para quienes lo recibimos y que ni siquiera hemos pensado en la funcionalidad del mismo.
En los años que hemos pasado en este centro de altos estudios y que, sin embargo, nos parecen apenas un momento, el Varela, como le decimos, se ha convertido para nosotros en una segunda casa, y nuestros condiscípulos de aula son ahora gratos amigos que esperamos nos sigan acompañando. Pero, no por eso somos un grupo homogéneo, sino que llegamos a las aulas marcados desde el primer día por la heterogeneidad de edades, creencias, intereses, opiniones, caracteres, y nos hemos enriquecido con ella.
El Instituto Varela nació como un proyecto desde la Iglesia Católica, pero no sólo para los católicos, sino para los cubanos todos.
En sus aulas se sientan hoy, en armonía, católicos, cristianos de otras denominaciones, estudiantes con otras creencias, o con ninguna. Hemos debatido sobre Cuba, filosofía, política, religión, ciencia, cultura y mucho más. Lo hemos hecho con pasión, desde posiciones contrarias y muchas veces irreconciliables, pero siempre con respeto, y hemos ganado todos. No porque alguno en particular haya vencido en el debate, que es inagotable; sino porque nos hemos enriquecido mutuamente en la cultura del diálogo.
Hemos aprendido que no solo nosotros tenemos algo que decir, sino también los otros, y que desean ser escuchados porque saben que tienen igualmente algo importante para enseñarnos. Hemos aprendido que los otros tienen una mano amiga firme que tendernos cuando estamos necesitados, y que podemos confiar en ellos.
Nuestros profesores, por otro lado, nos han guiado en el difícil camino hacia el descubrimiento de nuestras habilidades y potencialidades ocultas. Han estimulado nuestra inteligencia, instándonos a hallar por nosotros mismos respuestas a nuestras propias preguntas. También han cumplido, de palabra y con sus actos, con el mandato de Jesús de acercarnos al Evangelio. Lo han hecho sin imposiciones, con profundo respeto frente a nuestra heterogeneidad y a la individualidad de cada uno.
De ellos hemos recibido no solo conocimiento, sino también amistad y ejemplo. Nos han donado lo mejor de sí, y nos han mostrado el camino para acercarnos con expectación a lo más profundo de la espiritualidad cristiana.
No han sido estos tres años un lecho de rosas, sino un arduo camino de aprendizaje mutuo, de los alumnos y del Instituto. Sabemos que tuvimos la difícil responsabilidad de ser pioneros y que, en alguna medida, los éxitos de los que lleguen después estarán cimentados sobre nuestros fracasos. Aun así, nos sentiremos siempre orgullosos de haber sido los primeros, y de haber aportado con nuestras inquietudes al mejoramiento del Instituto.
Gracias a todos los que han hecho posible la materialización de este sueño. A la Iglesia Católica en Cuba, en primer lugar, por haber fundado este Instituto en el edificio del antiguo Colegio Seminario de San Carlos donde estudiaron y enseñaron tantos de los precursores de la nacionalidad cubana. En particular, a su eminencia el Cardenal Jaime Ortega, que dedicó toda su vida al servicio de la Iglesia, de su pueblo y de su patria, y que tanto deseó la creación de un Instituto para laicos. A las autoridades, administrativos y profesores del centro por habernos conducido hasta aquí, en especial a nuestro Director el Licenciado Yosvany Carvajal. A los profesores invitados, que dejan la comodidad de sus países para venir hasta La Habana a impartirnos sus conferencias durante las semanas intensivas. A los profesores del Centro de Investigaciones Sociales Avanzadas (CISAV), cuyos cursos han servido de valioso complemento a las asignaturas de la Láurea. A los trabajadores de la secretaría docente, Leidys y Jorge, siempre amables y atentos a resolver cualquier inconveniente de los estudiantes. A los especialistas de la Biblioteca y el Laboratorio de computación, que están siempre disponibles y prestos para ayudar cuando se les necesita. A todos los trabajadores auxiliares y de servicio, sin cuyo trabajo cotidiano, y muchas veces anónimo, no se podría mantener el Instituto en funcionamiento. Y por último, pero no menos importante, a nuestros familiares, que nos han apoyado de computación, que están siempre disponibles y prestos para ayudar cuando se les necesita. A todos los trabajadores auxiliares y de servicio, sin cuyo trabajo cotidiano, y muchas veces anónimo, no se podría mantener el Instituto en funcionamiento. Y por último, pero no menos importante, a nuestros familiares, que nos han apoyado durante todo este tiempo.
A todos, nuevamente, muchas gracias.