Buscar la verdad como Edith Stein

Por:  Heidy, González Gil.
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Se ha de buscar la Verdad en la vida y la vida en la Verdad”, exhortaba Miguel de Unamuno a sus lectores. Acercarnos a la vida de Edith Stein es conocer a una mujer que siguió con intensidad ese itinerario expresado magníficamente por el escritor español. Edith pertenecía al pueblo judío, sus padres eran de una fe viva y fervorosa pero ella, como rebelde benjamina, decidió en plena adolescencia abandonar las creencias de su familia y declararse atea. Estaba dotada con una gran inteligencia y una intensa inquietud por la verdad, lo que la llevó a inscribirse en la Universidad de Breslau emprendiendo estudios de filología, literatura y filosofía con una auténtica pasión por el saber. Ella misma diría que en ese tiempo “su anhelo de verdad era la única oración” y lo que la puso en camino.
Allí entrará en contacto con algunos textos de la nueva corriente fenomenológica de Husserl y, viendo en él a un gran maestro, decide ir hasta su encuentro. Tras él, deja sus estudios en Breslau y se marcha a la Universidad de Gotingan. Estando allí, además de a Husserl, conoce a otro gran fenomenólogo: Max Scheler. El encuentro con este filósofo, judío convertido al catolicismo, dejó una gran impresión en ella: “[…] Nos había inculcado que debíamos tener todas las cosas antes los ojos sin prejuicios y despojarnos de toda anteojera. Las limitaciones de los prejuicios racionalistas […] sin saberlo, cayeron, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí.1 De esta manera, los círculos fenomenológicos la preparaban para acoger y aceptar el mundo de lo trascendente, sin embargo, aunque no lograba ocultar su sensibilidad al hecho religioso, ella aún afirmaba su increencia y su ateísmo radical. Fue una discípula muy admirada por Husserl a quien ayudó como asistente. Junto a él defiende su tesis de doctorado logrando la calificación más alta, pero en la medida que progresa en su investigación, va alejándose del pensamiento de su maestro hasta comprender que no es posible una trayectoria común. En el verano de 1921, tras años de intensa lucha e interrogación filosófica, ocurre un acontecimiento que será el desenlace de esta primera etapa de búsqueda. En casa de unos amigos tomó por azar el libro de la vida de Santa Teresa de Jesús, comenzó a leer y no lo dejó hasta el final. Esto es la verdad, fue lo que nos cuenta que dijo para sí al cerrar el libro, y como buena filósofa, amante de la sabiduría, su vida en adelante estaría sumergida en ese encuentro con la Verdad. No se esperaba menos de una mujer tan apasionada. Allí donde encontró vestigios de la verdad, allí permaneció contemplándola. Pero la verdad que es siempre más, invita a seguir adelante en el camino hacia ella. Es la acción contemplativa que invita a continuar más allá en su Misterio…
Por eso, aunque al principio su conversión la aparta de la investigación filosófica, retornará a ella con nuevas perspectivas. Comienza así un fecundo periodo como profesora y conferencista. En este tiempo descubre y aborda los escritos de Santo Tomás, estudio que inspira su obra magna: Ser Finito y Ser eterno, en la que desarrollará una metafísica inspirada en el tomismo y la fenomenología. Sin embargo, desde su conversión Edith tuvo como norte entrar al Carmelo como una hija de Santa Teresa, decisión que debió postergar, entre otras cosas, por el dolor que causaría a su madre el saber que su hija deseaba ser monja.
En el tiempo de las primeras medidas discriminatorias contra los judíos en Alemania, Edith es destituida como profesora y le ofrecen un puesto en América Latina, pero ella declina la oferta con la intuición de que llegaba el momento, por fin, de irse al Carmelo. El momento llegó el 14 de octubre de 1933 cuando ingresa al Convento de las Carmelitas Descalzas de Colonia, donde toma el hábito de dicha orden, con el nombre de Sor Teresa Benedicta de La Cruz (Bendecida por la Cruz). Un nombre que eligió en consonancia con el mayor anhelo de su corazón: vivir hasta la última consecuencia en la verdad que había abrazado apasionadamente, verdad que se mostraba en un rostro crucificado: “[…] Yo sabía que era su cruz la que ahora había sido puesta sobre el pueblo judío. La mayoría no lo comprendía; mas aquellos que sabían debían echarla de buena gana sobre sí en nombre de todos. Yo quería hacer esto”.2 Y así fue. Su Calvario fue Auschwits, el lugar de mayor exterminio del pueblo judío. Murió allí junto a su hermana Rosa el mismo día que el tren las dejó en el campo de concentración. Murió habiendo buscado la verdad, y con el valor de vivir en ella hasta el final.