El drama de la esterilidad: entre fragilidad y fortaleza

Por:  Yohana Beatríz , Martínez Abreu.
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Expresaba el profesor Pablo Castellanos en una de sus conferencias: “El ser humano es un creado creante”, poderosa frase en la que no he dejado de reflexionar y que me llevó a releer el poema total “Canto a la mujer estéril” de Dulce María Loynaz, una de las grandes escritoras cubanas que no tuvo hijos pero que sí ha tenido muchos lectores.
El dolor que supone en la pareja no lograr concebir presupone un conflicto ante el constante deseo de crear. Duele esa ausencia que se traduce como presencia pues la dramaticidad de la vida humana es siempre la ausencia de algo. El sufrimiento por la esterilidad es, ante todo, un dolor familiar que no se circunscribe a los márgenes de una estadística sociológica.
Las causas de la esterilidad pueden ser disímiles, sin embargo, lo que más hace comulgar a la pareja con el dolor es el sentido teleológico del hijo. Decía Hanna Arendt que cada bebé es esperanza y precisamente la anulación de dicha esperanza es sinónimo de dolor e inconformidad. El pensamiento de la pareja herida tiende a ir hacia el mal ¿recibido?, por tanto, la dualidad se queda atrapada en la palabra que, aun pensándola, no se pronuncia. Así, resulta válida una analogía entre la situación de la pareja que sufre y las dimensiones de la antropología de la palabra, expresadas por Antonio María Baggio.
La pareja estéril como doliente se siente negada a la alteridad, a la perpetuidad terrena que representaría el hijo. Se cancela el paso –esbozado en otros términos por Simmel–, de la díada a la tríada, aun cuando exista una auténtica metarreflexión sobre la propia pareja. ¿Existirá esa capacidad reflexiva en una pareja sin hijos? Una respuesta correcta solo podrá enunciarse desde la experiencia y desde la particularidad de cómo se vive el drama en la interioridad de una relación de parejas. Hombres y mujeres pueden padecerla por igual pero suelen ser las mujeres las que más se autoflagelan, se culpan y también las que apelan a las más variadas formas de solución. Cuando la pareja adquiere conciencia de su fragilidad debe crecer también su sentido de humanidad, aquí permanecería su fortaleza, por ejemplo, hay que destacar el rol de las mujeres como tías, madrinas, incluso como profesoras, doctoras, aun sin una validación académica. Y en tales círculos puede ser que encuentre el sentido de la trascendencia del plano humano.
El drama trágico aparece en las Sagradas Escrituras. No resulta casual que las tres religiones monoteístas más influyentes –cristianismo, judaísmo, islamismo–, giren en torno a Abraham, amigo de Dios, hombre de fe y depositario de una promesa de fecundidad numerosa que marcaría el comienzo de la historia de salvación y elección. No tener descendencia significaba una maldición, una deshonra.
Destaca en el Antiguo Testamento el milagro en la historia de Sara, esposa de Abraham, para quien la búsqueda de la fertilidad se convirtió también en la fecundidad de la fe. Igualmente hay que mencionar los ejemplos siguientes: Rebeca, esposa de Isaac; Raquel, esposa de Jacob; la esposa de Manoa [Sansón]; Ana, esposa de Alcana [Samuel]; Isabel, esposa de Zacarías [Juan el bautista]. Y en todas surge la maravilla de la asociación entre fecundidad y fe pero aun con la opresión social que ejerce arbitrariamente la intolerancia. Sin embargo, llama mucho la atención las siguientes palabras en Isaías 54, 1-3 pues desafían el carácter peyorativo inherente a la esterilidad, término que se connota de nuevas acepciones al aludir tanto a la esterilidad de un pueblo como a la de los corazones humanos:
Isaías 54
1 Grita de júbilo, estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha tenido los dolores; que más son los hijos de la abandonada, que los hijos de la casada, dice Yahveh.
2 Ensancha el espacio de tu tienda las cortinas extiende, no te detengas; alarga tus sogas, tus clavijas asegura;
3 porque a derecha e izquierda te expandirás, tu prole heredará naciones y ciudades desoladas poblarán.
Por otra parte, San Agustín en los sermones 287 y 288 establece un paralelo y un contraste entre el nacimiento de Juan (24 de junio) y el de Cristo (25 de diciembre). Ambos fueron anunciados por un ángel y son expresión del milagro: “Una mujer estéril da a luz, de un anciano varón, al siervo precursor, mientras que al Dueño y Señor lo alumbra una virgen sin obra de varón. Gran hombre es Juan, pero Cristo es más que hombre, puesto que es hombre y es Dios”. Luego, añade: “Juan es la voz y Cristo la palabra […] La esterilidad recibió la fecundidad en la madre de Juan, mientras que, en la madre de Cristo, la fecundidad no destruyó la integridad.
¿Qué aportan los padres que no tienen hijos a la realidad si como dice Hannah Arendt: “la fuerza de la vida es la fertilidad”? Semejante cuestionamiento puede ser inquietud también para un poeta que no halla inspiración, ni las palabras exactas para su pensamiento. El hijo es para la madre y el padre, lo que el verso es para el poeta. Engendrar un hijo es aportar un verso al mundo: engendrar un verso es aportar un hijo al mundo. Por tanto, entre hijo y verso se desarrollan un lazo de unidad que se transparenta de disímiles modos poéticos en la escritura femenina principalmente.
En este sentido, hay dos escritoras americanas, dos poetas no-madres que bien saben se engendrar versos, y de traducir estéticamente el drama que encierra un postulado médico como “La criopreservación de ovocitos afecta a los futuros embriones”, incapaz de reflejar el alcance del drama humano que supone la esterilidad. La grandeza poética de ambas es incuestionable: la chilena Gabriela Mistral primer premio nobel de literatura en América) y la cubana Dulce María Loynaz (Premio Cervantes). Ambas dotadas para la creación lírica, reflejaron en sus textos el drama de la no-maternidad.
Si para Gabriela Mistral la negación de la maternidad le significó una tragedia y en gran parte de su poesía el tema de la esterilidad está presente, por ejemplo, en uno de sus famosos sonetos cuya primera estrofa versa así:

La mujer que no mece un hijo en el regazo, (cuyo calor y aroma alcance a sus entrañas), tiene una laxitud de mundo entre los brazos; todo su corazón congoja inmensa baña.

Para Dulce María Loynaz este se transmutó en un dolor profundo, pero fue en un solo poema donde inteligencia y sentimiento se confabularon para entregar al mundo –igual que se entrega un hijo– el más “desgarrador” poema dedicado a la maternidad frustrada: “Canto a la mujer estéril”. Aparentemente se regodea en el dolor y en la cancelación de un sueño, pero una exégesis más profunda corrobora que ese canto es una alabanza para las mujeres que no han podido dar hijos. Comienza con un encadenamiento de imágenes oximorónicas: la mujer estéril es “pozo cegado”, “ánfora rota” y “catedral sumergida”. Con gracia estética compara a esa mujer con la montaña pues del mismo modo que no se reproduce y es bella, “Ella –la estéril– será la Reina dentro de su Reino: Y serás / La Unidad / perfecta que no necesita / reproducirse, como no / se reproduce el cielo, / ni el viento, / ni el mar...”.
Cuando en 1986 le preguntaron a Dulce María Loynaz: ¿Ha escrito con facilidad?
No es posible eso. Para mí ha sido como un sangramiento, como un parto”. En conclusión, el poema es pues el espacio taumatúrgico capaz de asumir y redimir a la mujer estéril en contra de la imagen social y en armonía con la imagen religiosa final del sol, sentido primero y último del presente estudio donde se ha intentado reflexionar en torno al drama de la esterilidad, en tanto fragilidad y fortaleza.

A las mujeres que no desean ser madres y a las que deseándolo con vehemencia no viven el acontecimiento soñado. A Miriam. A mi amiga Conchita. A mi abuela y a mi madre.